Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vió que era bueno, aunque es cosa que no me entra á mí en la cabeza, que los animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría, á fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar:
¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas, que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser puestas en duda en un siglo en que tenemos cosas tan buenas como las del Orión?
¿Qué hacen los gobiernos entonces?
¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el gobierno es para el pueblo?
¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe aplicarlos á mejorar la condición del pueblo?
¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas, inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo, y así va ello?
¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?
¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la salud pública?
¿No se albergan en ellos, el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras cosas que Dios crió el quinto día, y que en su atraso inocente y primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia á la desagradecida humanidad?