Y esto diciendo, le ordené al mayor Lemlenyi le hiciera prevenir á Camilo Arias que los caballos no dormirían á ronda abierta, sino en el corral.
San Martín se fué y volvió diciéndome:
—Dice Baigorrita que el corral tiene un portillo, que es preciso taparlo con ramas y que pongan una guardia.
Mandé dar las órdenes correspondientes, y como Calixto gritara en ese momento, ¡ya está! invité nuevamente al mensajero de mi compadre á que se sentara.
Aceptó, ocupó un puesto en la rueda, le entramos al asado, como se dice en la tierra, y mientras lo hacíamos desaparecer, se pusieron algunos choclos al rescoldo, para tener postre.
Una jauría de perros hambrientos había formado á nuestro alrededor una tercera fila. Viendo que no los trataban como los indios, nos empujaban, y á más de uno le sucedió le arrebataran la tira de carne que llevaba á la boca. La confianza de aquellos convidados de piedra de cuatro patas llegó á ser tan impertinente, que para que nos dejaran comer en paz hubo que tratarlos á la baqueta.
—Pero hombre—le dije á San Martín,—aquí no respetan nada. ¿Será posible que se atrevan á robarme mis caballos hasta del corral de Baigorrita?
—Qué, señor, si son muy ladrones estos indios; el otro día, no más, se le han perdido sus caballos á Baigorrita, lo tienen á pie—me contestó.
—¿Y qué ha hecho?
—Los andan campeando.