—Nada—me respondió.
—¿Cómo nada?
—Señor, si aquí es lo mismo que entre los cristianos; los pobres siempre se embroman.
Calixto Olazábal metió su cuchara, y quemándose los dedos y la boca con una tira de asado revolcado en la ceniza, dijo:
—Y así no más es, pues. Yo entré una vez en una revolución con don Olazábal. Después que las bullas pasaron á él lo hicieron Juez en el Río 4.º, y á mí me echaron de veterano en el 7 de caballería de línea. ¡Eh! como á él no le faltaban macuquinos, la sacó bien.
—Tú eres un entrometido y un bárbaro—le dije.
—Así será, mi Coronel; pero yo creo que tengo razón,—repuso.
—¿Qué sabes tú, hombre?
—Mi Coronel, si los pobres son como los caballos patrios, todo el mundo les da.
La contestación, ó mejor dicho la comparación, les pareció muy buena á los circunstantes y todos la festejaron.