Efectivamente no hay nada comparable á la desgraciada condición de lo que en nuestro lenguaje argentino se llama un caballo patrio.

Empecemos porque le falta una oreja, lo que, desfigurándole, le da el mismo antipático aspecto que tendría cualquier conocido sin narices. Está siempre flaco, y si no está flaco, tiene una matadura en la cruz ó en el lomo; es manco ó bicocho; es rengo ó lunanco; es rabón ó tiene una porra enorme en la cola; está mal tusado, y si tiene la crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una nube; no tiene buen trote ni buen galope, ni tranco, ni sobrepaso. Y sin embargo, todo el que le encuentra le monta. Y no hay ejemplo de que un patrio haya podido decir al morir: á mí no me sobaron jamás. Todo el que alguna vez lo montó le dió duro hasta postrarlo. ¡Ah! si los patrios que á millares yacen sepultados por los campos formando sus osamentas una especie de fauna postdiluviana se levantaran como espectros de sus tumbas ignoradas y hablasen ¡qué no contarían! ¡Qué ideas no suministrarían para la defensa y seguridad de las fronteras! ¡Pobres patrios! ¿Quién no les echó la culpa de algo? ¡Cuántas batallas perdidas por ellos desde el año 20 hasta la guerra del Paraguay, cuántas campañas prolongadas como la actual de Entre Ríos! ¡Cuántas reputaciones vindicadas á sus costillas por no haber vivido en tiempos de Esopo! Los tiempos hacen todo. Está visto. ¡Pobres patrios! Sólo ellos han callado. Resignados han sufrido, sufren y sufrirán su suerte impía. ¡Pobres patrios! Desde el día en que los hubo, ¿quién no ha murmurado y gritado contra la patria? Todo el mundo menos ellos.

Such is life!

¡Así es la vida! Los que no deben quejarse se quejan.

Los choclos se cocieron y los comimos; se acabó la cena, siguió un rato más la conversación y luego cada cual pensó en hacer su cama.

La mía estaba deliciosa; con cueros le habían hecho cortinas á la enramada; el airecito fresco de la noche no podía incomodarme. Me acosté.

Después que los asistentes acomodaron las camas de los franciscanos y de los oficiales, se posesionaron del fogón y churrasquearon bien.

Yo me dormí arrullado por su charla, y por la bulla del toldo de mi compadre, que junto con unos cuantos amigos íntimos y sus chinas, saboreaba en el mayor orden el aguardiente que yo le había llevado.

Varias veces me desperté sobrecogido, creyendo ver al negro del acordeón y oir su voz.

Estaba profundamente dormido, cuando San Martín, acercándose á mi cabecera, me despertó diciéndome: