Me contestó que no desconocía mis razones. Pero que al fin era su padrino, que llevaba su nombre y que él no podía dejar de quererle.

Le dije que sus sentimientos le honraban; porque probaban su lealtad, y que le honraban tanto más cuanto que convenía en que su padrino había sido infiel á sus compromisos y á su palabra.

Varios de los visitantes aprobaron mis observaciones.

Los franciscanos á su turno explicaron con mansedumbre, claridad y sencillez lo que significaba el bautismo.

Dijeron que el que se bautizaba entraba en gracia de Dios.

Que Dios era eterno, inmenso, misericordioso; que tenía un poder infinito, que hacía cosas grandes que los hombres no podían comprender; que su voluntad era que todos se amaran como hermanos, que no mataran, que no robaran, que no mintieran; que los que se casaran lo hicieran con una sola mujer; que los que tuvieran hijos los educaran y enseñaran á vivir del trabajo; que para ser buen cristiano era necesario tener presente siempre esas cosas.

San Martín tradujo las razones de los franciscanos, y todos los presentes las escucharon con suma atención.

Mi compadre prometió educar á su hijo en la ley de los cristianos, que no se casaría con varias mujeres, ni con dos, que lo enseñaría á vivir de su trabajo.

Entraron más visitas. Tuvimos una larga conferencia y expliqué el Tratado de paz celebrado con Mariano Rosas.