Todo el que quería me dirigía una pregunta. Baigorrita me hacía decir con San Martín que tuviera paciencia, y Camargo me aconsejaba que no dejara de contestar.

Cuando la interpelación era intermitente, Camargo me zumbaba al oído: diga, señor, cuántas yeguas se dan por el Tratado.

—Pero hombre—le observaba yo,—¿qué tiene que ver la pregunta con eso? Nada, señor, conteste lo que yo le digo; yo le diré después cómo son éstos. Era una comedia. Me hablaban de pitos y contestaba flautas. Y el resultado de cada diálogo era siempre el mismo: Bueno, lo que haga Baigorrita está bien hecho. Mi compadre agachaba la cabeza en señal de asentimiento; y Camargo me decía entre dientes, como hombre que sabía el terreno que pisaba: No ve, señor, si lo que quieren es hacerle creer á Baigorrita que ellos también saben hablar.

No menos de cuatro horas duró la broma aquélla. Pero á poco fueron desapareciendo los grandes dignatarios de la tribu. Por fin nos quedamos tête à tête con mi compadre. Me dijo entonces que todo el Tratado le parecía bueno. Pero que deseaba saber quién le iba á entregar á él su parte. Le contesté que Mariano Rosas era quien debía hacerlo; que tanto él como Ramón lo habían apoderado para tratar. Convino en ello, y terminamos pidiéndome dejara bien arreglado con Mariano, que á su tribu le tocaba la mitad de todo lo que el Gobierno iba á entregar, lo que prometí hacer.

Mi ahijado, el futuro cacique Lucio Victorio Mansilla, no se movió de mi lado mientras duró la conferencia. Viéndolo cabecear le acomodé la cabecita en el respaldo de mi asiento y se quedó dormido. Era hora de siesta. Me acosté sin decirle una palabra á mi compadre y dormí hasta que el desasosiego me despertó. Mi cuerpo hervía.

Me levanté, salí del toldo y lo dejé á mi compadre fumando y haciéndose expulgar por una de sus chinas.

Cambié de ropa, y en tanto que me vestía pensaba que el plan soñado de hacerme proclamar emperador de los Ranqueles bien valía la pena de aquellos sacrificios.

Murmuré: Lucius Victorius, imperator. Me pareció sonoro. Pero la onomancia me dijo: ¡loco! Me miré la palma de la mano, consulté sus rayas, y la quiromancia me dijo, dos veces ¡loco! ¡Vi cruzar una bandada de loros, observé su vuelo, y la ornitomancia me dijo, tres veces ¡¡¡loco!!!

La visión de la patria cruzó entre una nube de fuego por mi mente en ese instante, y viéndola tan bella me ruboricé de mis pensamientos y de no haber hecho hasta ahora nada grande, útil, ni bueno por ella.

Mandé ensillar un caballo, y me fuí á visitar á Caniupán.