No me atreví á contestarme. Nada me ha parecido más audaz que Juan Jacobo Rousseau, exclamando: «Yo, sólo yo conozco mi corazón y á los hombres. No soy como los demás que he visto, y me atrevo á decir que no me parezco á ninguno de los que existen. Si no valgo más que ellos, no soy como ellos. Si la Naturaleza ha hecho bien ó mal en romper el molde en que me fundió, no puede saberse sino leyéndome.»
Eché la última mirada al fogón.
El cuarterón atizaba el fuego maquinalmente con una mano, y con la otra acariciaba al perro flaco, que apoyado sobre las patas traseras dobladas y sujetando con las delanteras estiradas un zoquete, en el que clavaba los dientes hasta hacer crujir el hueso, miraba á derecha é izquierda con inquietud, como temiendo que le arrebataran su presa. Una llama vacilante iluminaba con cambiantes de claro-obscuro la cara patibularia. Me dió lástima y no me pareció tan fea.
Hacía fresco.
Me acerqué á él y le pregunté:
—¿No tienes frío?
—Un poco—me contestó,—mirándome con fijeza por primera vez, al mismo tiempo que le aplicaba una fuerte palmada á su protegido, que al aproximarme gruñó, mostrando los colmillos.
Una calma completa reinaba en derredor; todos dormían, oyéndose sólo la respiración cadenciosa de mi gente.
La luna rompía en ese momento un negro celaje, y eclipsando la luz de las últimas brasas del fogón, iluminaba con sus tímidos fulgores aquella escena silenciosa, en que la civilización y la barbarie se confundían, durmiendo en paz al lado del hediondo y desmantelado toldo del cacique Baigorrita, todos los que me acompañaban, oficiales, frailes y soldados.
Cuidando de no pisarle á alguno la cabeza, el cuerpo ó los pies, busqué el sitio donde habían acomodado mi montura. Estaba á la cabecera de mi cama. Saqué de ella un poncho calamaco, volví al fogón y se lo di al espía de Calfucurá, cuyos grasientos pies lamía el hambriento perro, diciéndole: