—Toma, tápate.
—Gracias—me contestó tomándolo.
Iba á sentarme para seguir interrogándolo, aprovechando la quietud que reinaba, cuando oí el galope de varios caballos y gritos de:
—¿Dónde está ese coronel Mansilla?
El espía se puso de pie. Tenía un gran cuchillo medio atravesado por delante. Le miré. Su cara revelaba curiosidad, pero no mala intención.
—¿Qué gritos son ésos?—le pregunté.
—Parecen borrachos—me contestó.
—Á ver; fíjate—le dije.
Paró la oreja, los gritos seguían aproximándose. Yo no percibía bien lo que decían. Ya no resonaba en el silencio de la noche mi nombre, sino ecos araucanos.
—¿Qué dicen?—le pregunté,—pareciéndome oir una voz conocida.