Y arrastrándose en cuatro pies, le vi acercarse al toldo de Baigorrita, quedando bastante cerca de mi cama para poder conversar sin alzar la voz.

—¡Qué indio tan pícaro!—me dijo.

—¿Qué hay?

—Le dice á Baigorrita, que lo quiere matar á usted.

—¿Y mi compadre qué dice?

—Le ha dado una trompada y le ha dicho que se atreva.

En ese momento, Baigorrita gritó: ¡San Martín!

Camargo se reía, apretándose la barriga y me decía:

—¡Ah! ¡indio malo! no se puede levantar de la trompada que le ha dado el hermano.

Toma, por pícaro. ¿Sabe, señor, que me han robado los estribos? ¡Ladrones! les he tirado todo y me he venido en pelo, ni las riendas he traído, le he echado al pingo un medio bozal.