Y esto diciendo, me tomó del brazo y me empujó hacia la enramada en que estaba mi cama.

—Acuéstese, señor—dijo el espía también.

Me acosté volando.

Caiomuta había entrado en el toldo de su hermano y le había despertado.

Hablaban con calor, en su lengua. Yo nada comprendía. Estaba tranquilo; pero receloso.

De repente un hombre tropezó en mis piernas y se cayó encima de mí.

—¡Eh!—grité.

—Dispense, señor—me dijo Camargo, reconociendo mi voz.

—¿Qué haces, hombre?

—Cállese, señor—me contestó en voz baja.