Le miran, pues, como á uno de ellos.

Ambos venían con los instrumentos del placer en la mano,—con una botella de aguardiente.

Les ofrecí asiento, y haciendo grandísimos esfuerzos para disimular su estado, lo aceptaron, invitándome á saborear con ellos el alcohólico brevaje, usando, por supuesto, de la fórmula consagrada.

Tuve que aceptar el yapaí.

Pero como estábamos solos, entre puros nosotros como dicen los paisanos, me creí eximido de ser tan deferente como en otras ocasiones.

No lo llevaron á mal.

Mis fueros de coronel, por una parte, por otra la comunidad de religión y de origen, circunstancia que en todas las situaciones de la vida establece fácilmente cierta cordialidad entre los hombres, ponían á mis huéspedes en el caso de no abusar de mi hospitalidad.

Además, ellos se consideraban honrados de ser admitidos á horas incompetentes en mi rancho; les bastaba fraternizar conmigo y beber solos con mi permiso.

Me lo pidieron con toda la picardía gauchesca, diciéndome: