Me acordé de que ese día era el prefijado para la gran junta. Llamé á San Martín y le hice preguntar á mi compadre á qué hora marcharíamos. Me contestó que cuando ladeara el sol.

Di mis órdenes, se pasó la mañana en preparativos para la marcha, y cuando todo estuvo dispuesto me fuí al toldo de Baigorrita, entrando en él como en mi casa.

Yo observaba movimiento en su gente y tenía curiosidad de saber en qué consistía.

La hora se acercaba.

Mi compadre me vió entrar sin salir de su apatía habitual. Había vuelto á la faena de picar tabaco con la navaja de Rodgers.

En la cara me conoció que alguna curiosidad me llevaba.

Llamó á San Martín.

Vino éste, y le hice preguntar que si todavía no era hora de ensillar.

Me contestó que teníamos bastante tiempo aún; que de allí á Añancué, línea divisoria de sus tierras, no había más que dos galopes; que ya había mandado traer sus caballos y buscar una res, para que mi gente carneara antes de partir; pero que la res tardaría un rato largo en llegar, porque estaba lejos.