Estos bárbaros, dije para mis adentros, han establecido la ley del Evangelio, hoy por ti, mañana por mí, sin incurrir en las utopías del socialismo; la solidaridad, el valor en cambio para transacciones; el crédito para las necesidades imperiosas de la vida y el jurado civil; entre ellos se necesitan especies para las permutas, crédito para comer.

Es lo contrario de lo que sucede entre los cristianos. El que tiene hambre no come si no tiene con qué. Está visto que las instituciones humanas son el resultado de las necesidades y de las costumbres, y que la gran sabiduría de los legisladores consiste en no perderlo de vista al modelar las leyes. Los que á cada rato nos presentan el cartabón de otras naciones cuya raza, cuya religión, cuyas tradiciones difieren de las nuestras, deberían tomar notas de estas observaciones.

Por aquí iba de mi soliloquio, cuando el indio que me escamoteó los guantes de castor se presentó. Venía algo achumado.

En cuanto me vió me dijo una cuchufleta. Sentóse á mi lado y me pidió el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Me negué á dárselo, porque su desaparición importaba una señal. Pero insistió é insistió y no tuve más recurso que ceder. Era una prenda insignificante y quién sabe qué se imaginaba mi compadre si no lo daba. De la suspicacia de un indio hay que esperarlo todo.

Gran contento experimentó el indio al recibir el pañuelo y en el acto se lo puso como yo lo usaba, calándose encima el sombrero.

Siguió jaraneando, siendo mi larga pera objeto de los mayores elogios y admiración. Grande, linda, me decía, pasando por ella sus puercas manos. Quería levantarme y no me dejaba. Estaba cargoso como cuatro. Y no me era dado manifestarle que me atosigaba con sus monadas, porque á mi compadre le hacían suma gracia. Además, yo sabía todo el cariño y respeto que tenía por él.

Me abrazaba, me besaba, se quedaba mirándome, y gozoso exclamaba: ¡Ese coronel Mansilla toro! Era el mayor cumplimiento que podía dirigirme. Ya lo he dicho, ser toro es ser todo un hombre.

No sabiendo qué más hacerme, se le ocurrió trenzarme la pera.

Era la otra seña convenida con Camilo si algún peligro me amenazaba. ¿Cómo dejarlo satisfacer su capricho?

Se aferró á él con tanta tenacidad, que me preocupó seriamente.