Al tiempo de subir á caballo, le robé al indio de los guantes un naco de tabaco que llevaba atado á los tientos.
El que entre lobos anda á aullar aprende.
Se lo dije á mi compadre y se rió mucho, festejando la ocurrencia y la burla que le harían los demás cuando supieran que se había dejado robar por mí.
Galopábamos á toda brida.
Éramos como doscientos y ocupábamos media legua, por el desorden en que los indios marchan.
El sol se ponía con un esplendor imponente; sus rayos como dardos de fuego despejaban los celajes que intentaban ocultarlo á nuestras miradas y refractándose sobre las nubes del opuesto hemisferio, teñían el cielo con colores vivaces.
Las aves acuáticas, en numerosas bandadas, hendían los aires con raudo vuelo y graznando se retiraban á las lagunas donde anidaban sus huevos.
Es increíble la cantidad de cisnes, blancos como la nieve, de cuello flexible y aterciopelado; de gansos manchados, de rojo pico; de patos reales, de plumas azules como el lapislázuli; de negras bandurrias, de corvo pico; de pardos chorlos, de frágiles patitas; de austeras becacinas de grises alas que alegran la Pampa. En cualquier laguna hay millares.
¡Cómo gozaría allí un cazador!