Imaginaos que en la «Ramada» los soldados recogieron un día ocho mil huevos, después de haber recogido toda la semana grandes cantidades.
¡Cuánto echaba yo de menos mi escopeta!
Entramos en el monte. Anocheció y seguimos al galope. El polvo y la obscuridad envolvían en tinieblas profundas los árboles que, como fantasmas se alzaban de improviso al acercarnos á ellos; no nos veíamos á corta distancia; nos llevábamos por delante unos á los otros; mi caballo era superior, yo iba á la cabeza, perdí la senda y me extravié.
Sujeté, hice alto, puse atento el oído en dirección al rumbo que me pareció traerían los que me precedían, nada oí.
¿Qué peligro corría?
Ninguno en realidad.
Un tigre no podía hacerme nada. El caballo me habría librado de él. Nuestros tigres, el jaguar argentino, no atacan como el tigre de Bengala, sino cuando los buscan. Por otra parte, el monte había sufrido los estragos de la quemazón y el tigre vive entre los pajonales.
¿Qué me imponía entonces?
Las tinieblas de la noche.