Las sombras tienen para mí un no sé qué de solemne. En la obscuridad, cuando estoy solo, me siento anonadado. Me domino; pero tiemblo.

La noche y los perros son mis dos grandes pesadillas. Yo amo la luz y á los hombres, aunque he hecho más locuras por las mujeres. No puedo decir lo que me aterra cuando estoy solo en un cuarto obscuro, cuando voy por la calle en tenebrosas horas, cuando cruzo el monte umbrío; como no puedo decir lo que sentía cuando trepaba las laderas resbaladizas de la gran cordillera de los Andes, sobre el seguro lomo de cautelosa mula.

Pero siento algo de pavoroso, que no está en los sentidos, que está en la imaginación; en esa región poética, mística, fantástica, ardiente, fría, límpida, nebulosa, transparente, opaca, luminosa, sombría, risueña, triste, que es todo y no es nada, que es como los rayos del sol y su penumbra, que cría y destruye, que forja sus propias cadenas y las rompe,—que se engendra á sí misma y se devora, que hoy entona tiernas endechas al dolor, que mañana pulsa el plectro aurífero y canta la alegría, que hoy ama la libertad y mañana se inclina sumisa ante la oprobiosa tiranía.

¡Ah! ¡si pudiéramos darnos cuenta de todo lo que sentimos!

¡Si nuestra impotente naturaleza pudiera tocar los lindes vedados que separan lo finito de lo infinito! ¡Si pudiéramos penetrar en los abismos del mundo psicológico, como alcanzamos con el telescopio á las más remotas estrellas!

¡Si pudiéramos descomponer los rayos de la mirada del hombre, como el espectro solar descompone los rayos del gran luminar! Si pudiéramos sondar el corazón, como los bajíos tempestuosos del mar.

¿Seríamos más felices?

¡Más felices!...

¿Somos acaso felices?

Si constantemente hablamos de la felicidad, es porque tenemos idea de ella.