—¡Uff!—hice,—eso no, Camargo—le dije.—Denme todas las músicas que quieran. Pero con el acordeón, no, no. Estoy harto de la facha de ese demonio.
Y dirigiéndome al negro, proseguí en estos términos:
—¡Vete! ¡vete!
El negro no me obedeció.
Como pegado al suelo describía con su cuerpo curvas á derecha é izquierda, adelante y atrás.
Estaba ebrio como una cabra.
—¡Vete! ¡vete! lejos de aquí, volví á decir.
Y Camargo, viendo que el negro me revolvía la bilis, se levantó, y tomándole de un brazo le enseñó el portante.
Libre de aquella bestia, verdaderamente negra, resollé dando un resoplido como cuando en día canicular, jadeantes de fatiga, nos tendemos á nuestras anchas sobre cómodo sofá, habiendo escapado á las garras de alguno de esos soleros cuya vida es contar sus pleitos ó sus cuitas con la autoridad.
José se había quedado dormido.