Camargo se sentó, y bajo la influencia del aguardiente cayó en una especie de letargo.
Examiné su fisonomía.
Es lo que se llama un gaucho lindo.
Tiene una larga melena negra, gruesa como cerda, unos grandes ojos, rasgados, brillantes y vivos, como los de un caballo brioso; unas cejas y unas pestañas largas, sedosas y pobladas; una gran nariz algo aguileña; una boca un tanto deprimida, y el labio inferior bastante grueso.
Es blanco como un hombre de raza fina, tiene algunos hoyos en la cara y poca barba.
Es alto, delgado y musculoso.
Su frente achatada y espaciosa, sus pómulos saltados, su barba aguda, sus anchas espaldas, su pecho en forma de bóveda y sus manos siempre húmedas y descarnadas, revelan la audacia, el vigor, la rigidez susceptible de rayar en la crueldad.
Camargo es uno de esos hombres por cuyo lado no se pasa, yendo uno solo, sin sentir algo parecido al temor de una agresión.
Los indios le respetan, porque ellos respetan todo lo que es fuerte y varonil, al que desprecia la vida.
Y Camargo se cura poco de ella.