El primero, tiene los instintos de la civilización; imita al hombre de las ciudades en su traje, en sus costumbres. El segundo, ama la tradición, detesta al gringo; su lujo son sus espuelas, su chapeado, su tirador, su facón. El primero se quita el poncho para entrar en la villa, el segundo entra en ella haciendo ostentación de todos sus arreos. El primero es labrador, picador de carretas, acarreador de ganado, tropero, peón de mano. El segundo se conchaba para las yerras. El primero ha sido soldado varias veces. El segundo formó alguna vez parte de un contingente y en cuanto vió luz se alzó.

El primero es siempre federal, el segundo ya no es nada. El primero cree todavía en algo, el segundo en nada. Como ha sufrido más que la gente de frac, se ha desengañado antes que ella. Va á las elecciones, porque el Comandante ó el Alcalde se lo ordena, y con eso se hace sufragio universal. Si tiene una demanda la deja porque cree que es tiempo perdido, sea dicho con verdad. En una palabra, el primero es un hombre útil para la industria y el trabajo, el segundo es un habitante peligroso en cualquier parte. Ocurre al juez, porque tiene el instinto de creer que le harán justicia de miedo, y hay ejemplos; si no se la hacen, se venga, hiere ó mata. El primero compone la masa social argentina, el segundo va desapareciendo. Para los que, metidos en la crisálida de los grandes centros de población, han visto su tierra y el mundo por un agujero; para los que suspiran por conocer el extranjero, en lugar de viajar por su país; para los que han surcado el Océano en vapor; para los que saben dónde está Riga, ignorando dónde queda Yaví; para los que han experimentado la satisfacción febril de tragarse las leguas en ferrocarril, sin haber gozado jamás del placer primitivo de andar en carreta, para todos ésos el gaucho es un ser ideal.

No lo han visto jamás.

La libertad, el progreso, la inmigración, la larga y lenta palingenesia que venimos atravesando hace dieciocho años lo va haciendo desaparecer.

El día en que haya desaparecido del todo será probablemente aquél en que se comprenda que tenemos una masa de pueblo sin alma, que en nada, ni en nadie cree; que desparramada en inmensas campañas, no tiene iglesias, ni escuelas, ni caminos, ni justicia, nada que la ampare eficazmente, que la prepare para el gobierno propio, para la verdad del sufragio popular, para el respeto siquiera del extranjero que viene á compartir con nosotros todo, menos el dolor porque no nos estima, nada, nada en fin, sino un caudillejo armado ó togado que la oprima ó la explote.

Sólo entonces tendremos, propiamente hablando, pueblo; pueblo con corazón, con conciencia, con convicción y pasión.

Entonces no habrá paisanos honrados, con intereses que perder, que encerrándose en el egoísmo, que todo lo seca, hasta el patriotismo, sientan solos los animales sociales que pueden asolar su casa.

Entonces no habrá en Córdoba un maestro de posta, hacendado, que conteste lo que me contestaron á mí en el Molle.

Era el mes de abril del año 1865. Íbamos de pasajeros, de Mendoza para Córdoba en una galera, el doctor don Eduardo Costa, Alejandro Paz y don Francisco Civit, todos excelentes compañeros de viaje. En el primero, sobre todo, nadie habría sospechado un hombre tan avenido y varonil.

En el Río 4.º el general don Emilio Mitre nos había dado la noticia de la primera agresión de López. Teníamos una impaciencia febril de llegar á Córdoba, donde se hallaba el doctor Rawson.