—Pues le repito que es una barbaridad, le contesté.

Me miró con más fijeza y por toda contestación se sonrió maliciosamente como diciendo: ¡mozo malo!

Estaba provocativo. Iba mal parado si le aflojaba, así es el gaucho taimado.

—Y este fogón es mío, le agregué, como diciéndole: «no quiero que en él se hablen cosas que no me gustan».

—¿Y usted quién es?—repuso, jugando siempre con el rebenque y fijando la vista en el fogón.

—Averigüe—le contesté.

En ese momento una voz conocida dijo al lado mío:

—Orden, señor.

Era Camilo Arias que venía á mi llamado.