—Aquí tienes un amigo—le dije, señalándole á Manuel Alfonso.

Los paisanos son generalmente fríos, se saludaron como si se hubieran visto el día antes.

—Vamos—le dijo Camilo.

—Vamos—contestó el gaucho, levantándose. Dió las buenas noches y se marchó.

Me quedé sumamente preocupado. En un hombre tan sagaz como él, tan conocedor de los indios, tan influyente entre ellos por sus servicios, sus conocimientos y su valor, aquellas palabras soltadas en mi fogón, revelaban malísima intención.

No había subido aún á caballo Manuel Alfonso, cuando mi compadre Baigorrita se presentó.

Echó pie á tierra y se sentó á mi lado; pedí su cena, se la trajeron, y sacando el cuchillo, me dijo:

—¿Conociendo Chañilao?

—Ahí va—le contesté indicándoselo. Acababa de armar un cigarro en ese instante y lo encendía, montando ya.

—Ahí—dijo mi compadre.