—Alguna intriga, compadre, porque nos ven de amigos.
Comprendí todo.
Durante mi permanencia en Quenque, me habían hecho la cama en Leubucó.
Mi compadre acabó de cenar, él y yo éramos los únicos que quedaban al lado del fogón; los demás se habían recogido.
—Vamos á dormir, compadre—le dije.
—Bueno—me contestó.
Llamé á Carmen.
Me enseñó mi cama. Estaba al pie de un hermoso caldén.
Me sentaba en ella, cuando una china se apeó allí cerca del caballo, y viniendo á mí me dijo con aire misterioso:
—Tengo que hablarle.