El predicador conmovido á su vez, iba perdiendo el hilo. Miró al fondo del púlpito; el muchacho se había dormido.
Era imposible continuar hablando.
Recurrió á la mímica.
Cicerón lo ha dicho: quasi sermo corporis. Esta vez quedó probado.
El dolor crecía como la marea. No había más que ayudar un poco para producir la crisis y completar el cuadro.
Á falta de palabras, el orador apeló á sus brazos y á sus pulmones; accionaba y se estremecía dando ayes desgarradores.
El auditorio sobreexcitado, jadeante, aturdido por sus propios gemidos, nada oía. Veía, sentía, calculaba que el predicador debía estar sublime y lo ahogaba con su lloro y sus lamentaciones.
La sacra efigie inclinó la cabeza por última vez, una oleada de dolor estremeció á todo el mundo y el predicador desapareció.
Últimamente en Bruselas, en un banquete de periodistas presidido por el rey Leopoldo, el más aplaudido de los oradores ha sido el representante de La Liberté de París.
Á los repetidos, que hable La Liberté, se puso de pie.