Las luces, el vino, la penosa elaboración de la digestión de una comida opípara, la charla, habían ya producido en todos una especie de mareo.
Era un rapaz vivo como él solo.
—Señores—dijo,—en presencia de sa majesté, ¡aplausos!
No le dejaban continuar.
Comenzó á mover la cabeza, á batir los brazos como remos, ¡aplausos! ¡hurrahs!
—Liberté!—dijo,—¡más aplausos! ¡más hurrahs!
—Egalité! ¡dobles aplausos! ¡dobles hurrahs!
—Fraternité! ¡triples aplausos! ¡triples hurrahs!
El orador deja de hablar, los aplausos, los hurrahs cesan por fin, y un éxito completo corona el triunfo de la pantomima sentimental sobre el arte ciceroniano.
Hay resortes de los que no se debe abusar. Traté de no gastar los míos.