Dejé la palabra, viendo que los oyentes estaban convencidos de que el Presidente y el Congreso no se habían de pelear por cuatro reales, ni por un millón, ni por cosas mayores.

Mariano Rosas la tomó.

Me preguntó con qué derecho habíamos ocupado el Río 5.º; dijo que esas tierras habían sido siempre de los indios, que sus padres y sus abuelos habían vivido por las lagunas de Chemecó, la Brava y Tarapendá, por el cerrillo de la Plata y Langheló; agregó que no contentos con eso todavía, los cristianos querían acopiar (fué la palabra de que se valió) más tierra.

Estas interpelaciones y cargos hallaron un eco alarmante.

Algunos indios estrecharon la rueda, acercándose á mí para escuchar mejor lo que contestaba.

Me pareció cobardía callar contra mis sentimientos y mi conciencia, aunque el público se compusiera de bárbaros.

Siempre con los codos en los muslos y la cara entre las manos, fija la mirada en el suelo, tomé la palabra y contesté:

Que la tierra no era de los indios, sino de los que la hacían productiva trabajando.

No me dejó continuar, é interrumpiéndome, me dijo: