Mariano Rosas observó:

—¿Por qué no nos han enseñado ustedes á trabajar, después que nos han quitado nuestros ganados?

—¡Es verdad! ¡es verdad!—exclamaron muchas voces, flotando un murmullo sordo por el círculo de cabezas humanas.

Eché una mirada rápida á mi alrededor, y vi brillar más de una cara amenazante.

—No es cierto que los cristianos les hayan robado á ustedes nunca sus ganados—les contesté.

—Sí, es cierto—dijo Mariano Rosas;—mi padre me ha contado que en otros tiempos, por las Lagunas del Cuero y del Bagual había muchos animales alzados.

—Eran de las estancias de los cristianos—les contesté.—Ustedes son unos ignorantes que no saben lo que dicen; si fueran cristianos, si supieran trabajar, sabrían lo que yo sé; no serían pobres, serían ricos.

Oigan, bárbaros, lo que os voy á decir:

Todos somos hijos de Dios, todos somos argentinos.