Redoblé mi energía y seguí hablando.

—Yo soy aquí—les dije,—el representante del Presidente de la República; yo les prometo á ustedes que los cristianos no faltarán á la palabra empeñada; que si ustedes cumplen, el Tratado de paz se cumplirá.

Ustedes pueden faltar á sus compromisos; pero tarde ó temprano tendrán que arrepentirse; como les sucederá á los cristianos si los engañaran á ustedes.

Yo no he venido aquí á mentir. He venido á decir la verdad y la estoy diciendo.

Si los cristianos abusasen de la buena fe de ustedes, harían bien en vengarse de la falsía de ellos, así como si ustedes no me tratasen á mí y á los que me acompañan con todo respeto y consideración, si no me dejasen volver ó me matasen, día más, día menos, vendría un ejército que los pasaría á todos por el filo de la espada, por traidores; y en estas pampas inmensas, en estos bosques solitarios, no quedarían ni recuerdos ni vestigio de que ustedes vivieron en ellos.

Camargo se acercó á mí en ese instante, y me dijo al oído:

—Hable de lo que se da por el Tratado, Coronel, hable de eso.

—¿Y qué más quieren—continué diciendo,—que hagan los cristianos? ¿No les van á dar dos mil yeguas para que se repartan entre los pobres; azúcar, hierba, tabaco, papel, aguardiente, ropa, bueyes, arados, semillas para sembrar, plata para los caciques y los capitanejos?

¿Qué más quieren?

Mariano Rosas tomó la palabra después de un largo silencio, y dijo: