—Ya estamos arreglados; pero queremos saber qué cantidad de cada cosa nos van á dar.

—Diga, hermano—agregó.

Y, dirigiéndose á los indios:

—Oigan bien.

Volví á hacer la enumeración de lo que se había de entregar según el Tratado.

La calma se restablecía y la junta parecía tocar á su fin.

Aproveché las buenas disposiciones que renacían para hacer presente, á fin de quitar todo motivo de resentimiento futuro:

Que la paz no era hecha conmigo, que yo era un representante del Gobierno y un subalterno del general Arredondo, mi jefe, con cuyo permiso me hallaba entre los indios; que no creyesen si otro jefe me reemplazaba, que por eso la paz se había de alterar, que ese jefe tendría que cumplir el Tratado y las órdenes que el Gobierno le diera; que ellos estaban acostumbrados á confundir á los jefes con quienes se entendían con el Gobierno; que así, en ningún tiempo la desaparición mía de la frontera debía ser un motivo de queja, una razón para que se negaran á observar fielmente lo convenido; que cerca ó lejos tendrían siempre en mí un amigo que haría por el bien de ellos, si lo merecían, todo cuanto pudiera.

Mariano Rosas se puso de pie, y con una sonrisa la más afable, me dijo: