San Martín, completando el pensamiento de mi compadre, me dijo de su cuenta:

—Así son los indios, señor; y como Baigorrita es cacique principal, tiene que tener mucho cuidado con Mariano; los indios son muy desconfiados y celosos; para andar bien con ellos, es preciso no aparecer amigos de los cristianos.

Baigorrita le interrumpió y me hizo decir que ya era tarde, que quería ponerse en marcha.

Mis tropillas acabaron de llegar; mandé mudar, la operación se hizo prontamente y un momento después abandonamos la raya.

Ordené que mi séquito se fuera despacio por el camino de Leubucó, y con Camilo Arias y un asistente tomé para el Sud en compañía de mi compadre.

Varios indios, entre ellos el de las muletas, le acompañaban. Me presentó á algunos que no me habían visitado en Quenque; tuve que sufrir sus saludos, apretones de manos, abrazos y pedidos, y en el sitio donde habíamos pasado la noche que precedió á la junta, nos dijimos ¡adiós!

Conforme fué cordial la recepción de Baigorrita, así fué fría la despedida.

Partimos al galope en opuestas direcciones.

Silencioso, contemplando la verde sábana de aquellas soledades, dejaba que mi caballo se tendiera á sus anchas, cuando sentí un tropel á retaguardia. Sin sujetar di vuelta, vi un grupo de jinetes; entre ellos venía Baigorrita corriendo por alcanzarme.

Hice alto, alguna novedad ocurría.