Mi compadre llegó y San Martín me dijo:

—Dice Baigorrita, que viene á darle el último abrazo y el último ¡adiós!

Nos abrazamos, pues.

El indio me estrechó con efusión, y al desapartarnos, tomándome vigorosamente la mano derecha y sacudiéndomela con fuerza, me dijo, con visible expresión de cariño: ¡adiós! ¡compadre! ¡amigo!

—¡Adiós! ¡compadre! ¡amigo!—le contesté, y volvimos á separarnos.

Galopaba yo, apurando mi caballo por ver si alcanzaba mi gente antes de que se pusiera el sol, cuando un jinete me alcanzó.

Era San Martín; lo mandaba Baigorrita á decirme otra vez adiós, me enviaba sus más fervientes votos de felicidad, me hacía presente que le había ofrecido otra visita, y para no desmentir en ningún momento que era indio, me pedía que le mandara unas espuelas de plata.

Contesté á todo como debía, despaché al mensajero y seguí por el camino que acababa de tomar.

Á poco andar me incorporé á mi gente. Adelante de ella iban varios indios desparramados.

Entre ellos reconocí á Mariano Rosas, le acompañaba á la par su hijo mayor.