Sintió el tropel de mis caballos, miró atrás, y al ver que era yo, sujetó.

—Buenas tardes, hermano—me dijo con marcada amabilidad.

Jamás le había visto un aire tan amistoso.

—Buenas tardes—le contesté con estudiosa sequedad.

—Cómo le ha ido—prosiguió, diciéndole á su hijo:

—Saca esas perdices para mi hermano.

El hijo obedeció, y de unas alforjas sacó dos hermosas martinetas cocidas y una torta.

Yo contesté:

—Me ha ido regular, hermano.

Tomó las perdices y la torta y me las pasó, diciéndome: