—Coma, hermano.

Su cara tenía una expresión de malicia particular; parecía que el indio se reía interiormente.

Tomé las perdices, le pasé una, y media torta á los frailes, y el resto lo partí con él.

Íbamos al trote masticando sin hablar.

—Galopemos—me dijo.

—No, mis caballos están pesados, no tengo apuro en llegar; galope usted si tiene prisa—le contesté.

—¿Qué le ha parecido la junta?—me preguntó.

—¿Qué me ha parecido?—repuse, fijando en él mis ojos, como diciéndole: Ya lo calculará usted.

Me entendió y dijo: