—Con estos indios se precisa mucha paciencia, es preciso conocerlos bien, son muy desconfiados, en cuanto ven que uno es amigo de los cristianos, ya piensan que los engañan. ¡Los han traicionado tantas veces! Ya ve cómo ha estado su compadre Baigorrita.
—¿Pero de mí, qué podían temer?—le contesté.
—Nada, de usted nada.
—¿Y entonces?
—Pero si yo hubiera aprobado todas sus razones, quién sabe qué hubieran dicho.
—¿Y si me hubiesen insultado, ó me hubieran querido matar?
—¡Cuándo!—fué toda su respuesta.
Y esto diciendo, se tendió al galope, añadiendo:
—Bueno, hermano, hasta luego, lo espero á comer.
—Bueno, hermano, ahorita no más estoy en Leubucó, voy á descansar un rato en la Aguada—le contesté.