De todos modos, nuestros ídolos de ayer no resisten á la crítica; son como los ranqueles, capaces de engañar al más pintado.
Por esos trigales de Dios iban mis reflexiones, en el instante en que Calixto Oyarzábal, acercándoseme, me dijo:
—Ya está el caballo, señor.
Me levanté: á caballo, grité y diciendo y haciendo monté y tomé al galope la gran rastrillada de Leubucó, entrando luego en el monte.
El cielo se encapotaba; caíamos á un descampado pantanoso; unas lucecitas fugaces, macilentas, aparecían y desaparecían; creía llegar á ellas, y se alejaban de mí como rápidas mariposas. Eran las emanaciones de la tierra; cruzábamos un cementerio de indios y estábamos á las puertas de la toldería de Mariano Rosas.
Llegamos.
Me esperaban con la comida pronta y con música. Comí, soporté al negro del acordeón una vez más, y viendo que mi presunto compadre Mariano estaba muy bien templado, le pedí la libertad del Dr. Macías.
Me contestó que sí.
Veremos después lo que vale el sí de un indio.
Me despedí, salí del toldo, me senté al lado del fogón de los asistentes, y aunque no tenía sueño, me quedé dormido.