Me acosté con la intención y la esperanza de dormir.
Pero estaba de Dios que en Leubucó las noches habían de ser toledanas para mí.
Cuando conciliaba el sueño, una serenata de acordeón con negro y todo, presidida por los cuatro hijos de Mariano Rosas, achumados á cual más, me despertó.
Fué en vano resistir.
Hubo cohetes y aguardiente como para que los yapaí duraran un buen rato.
Yo en lugar de beber, hacía el ademán y derramaba el nauseabundo líquido por donde caía.
Al fin se remató la impertinente chusma y me escurrí, pasando el resto de la noche sin novedad.
XIX
La paz estaba definitivamente hecha.—El Doctor Macías.—Gotas maravillosas.—Padre é hijo indios.—Lo pido á Macías.—Visita á Epumer.