Las paces estaban definitivamente hechas.
El sufragio popular les había puesto su sello soberano en la junta.
Las sospechas habían desaparecido.
Yo era mirado ya como un indio.
Numerosas visitas llegaban á saludarme.
El viento de Leubucó me era favorable.
Los intrigantes, corridos y avergonzados, solicitaban mi perdón con estudiadas sonrisas y amabilidades.
Fingí que no me había apercibido de sus manejos; estaba en tierra diplomática, y reservé el castigo para la oportunidad debida.
El Dr. Macías me preocupaba.
Su espíritu abatido por las humillaciones y padecimientos que había sufrido durante dos años, nada esperaba de los hombres.