Noche de hielo.—Donde es realmente triste la vida.—Preparativos para la misma.—Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti.—Recuerdo de mi madre.—Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta.—Como y duermo.—Conferencia diplomática.—El archivo de Mariano Rosas.—En Leubucó reciben la «Tribuna».—Imperturbabilidad de Mariano Rosas.—Mi comadre Carmen en el fogón.
La noche fué de hielo, larga y fastidiosa.
La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada.
Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada cama, miré por una abertura que á guisa de respiradero había formado con las cobijas.
Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta, que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.
¡Qué pensamiento tirano podía preocuparlos en aquellas alturas!
La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que excitan las pasiones nos condenan sin apelación á la dura ley del trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado como temido, les damos un eterno adiós á las eternas vanidades, que eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los resortes de acero de las almas mejor templadas.
Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable otomana cubierta de terciopelo.
Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.
Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa.