Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate con yerba y café, fuí á examinar el sitio donde debía hacerse el altar, si el viento calmaba.

El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido.

Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba.

Se avisó á los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se buscó un rancho.

Todos estábamos muy contrariados.

El mismo sentimiento nos dominaba.

Como verdaderos creyentes, reconocíamos que á la inmensa majestad de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del firmamento, ó bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas, cuyas torres audaces empinándose á grandes alturas parecen querer tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.

Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento.

La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las influencias poéticas del mundo exterior.

El viento no cesaba.