El toldo acababa de ser barrido y regado; todo estaba en orden.

Epumer estaba sentado en un asiento alto, de cueros de carnero y mantas.

Enfrente había otro más elevado, que era el destinado para mí.

Las chinas aguardaban de pie, con la comida pronta para servirla á la primera indicación.

Las cautivas atizaban el fuego.

Epumer se levantó, me estrechó la mano, me abrazó, me dijo que aquella era mi casa, me hizo sentar, y después que me senté se sentó él.

Los demás circunstantes que eran todos chusma agregada al toldo, no se sentaron hasta que Epumer se lo insinuó.

La conversación rodó sobre las costumbres de los indios, pidiéndome disculpas de no poder obsequiarme, en razón de su pobreza, como yo lo merecía.

Un cristiano bien educado, modesto y obsequioso, no habría hecho mejor el agasajo.