Epumer me presentó su mujer, que se llamaba Quintuiner, sus hijas, que eran dos, y hasta las cautivas, cuyo aire de contento y de salud llamó grandemente mi atención.

—¿Cómo les va, hijas?—les pregunté á éstas.

—Muy bien, señor—me contestaron.

—¿No tienen ganas de salir?

No contestaron y se ruborizaron.

Epumer me dijo:

—Si tienen hijos y no les falta hombre.

Las cautivas añadieron:

—Nos quieren mucho.

—Me alegro—repuse.