Una de ellas exclamó:
—Ojalá todas pudieran decir lo mismo, güeselencia.
Era una cordobesa.
Epumer les indicó á su mujer y á sus hijas que se sentaran, y mandó que sirvieran la comida.
Obedecieron.
Estaban vestidas con lo más nuevo y rico que tenían.
El pilquén era de paño encarnado bastante fino; los collares y cinturones, las pulseras de pies y manos, de cuentas, los grandes aros en forma triangular y el alfiler de pecho redondo, de plata maciza labrada.
La manta era, contra la costumbre, de pañuelo escocés de lana.
Se habían pintado los labios y las uñas de las manos con carmín, se habían puesto muchos lunarcitos negros en las mejillas y sombreado los párpados inferiores y las pestañas.
Estaban muy bonitas.