—No le conozco—me contestó.
—Pues yo sí.
—Llegó hace un rato, tenía hambre y le hemos dado de comer.
—¿Y no le conocen ustedes?
—¡No!
—Es un pillo mentiroso.
—¡Y aquí, qué mal nos puede hacer un pobre!
La contestación me avergonzó. El perro de Quenque estaba con el cuarterón. Me acordé de que aquel hombre tenía corazón, que era quizá más desgraciado que yo, y cambié de conversación.
El espía me oyó hablar de él y no hizo más que lanzarme una mirada extraña y replegarse más y más sobre sí mismo.
Saqué mi libro de memorias, les pregunté á Epumer y su familia qué querían que les mandara del Río 4.º y tomé nota de sus encargos.