Los otros papeles eran apuntes sin importancia, eran de un corazón lacerado por el infortunio.

Terminada la lectura de todo el mamotreto, exclamé:

—¡Ya he concluido!

—¿Y, ha visto?

—Sí.

—¿Qué le parece?

—No hallo nada contra usted.

—¿Nada?

Y esto diciendo me miró, como preguntándome: ¿me engaña usted?