—¡Nada! ¡nada!—repetí.

—¡Hermano!—me dijo con intención.

—Nada, hermano, le doy mi palabra.

Y como no me contestara y no me quitara los ojos y le conociera que quería sondear mis pensamientos, agregué:

—Hermano, si alguien le ha dicho que estas cartas hablan mal de usted, lo ha engañado.

—Léamelas, hermano.

—¿Quiere más bien que venga el Padre y se las lea él?

—No, léamelas usted, hermano.

Se las leí; la lectura duraría un cuarto de hora.

Mientras leía le miré varias veces; tenía los ojos clavados en el suelo y la frente plegada.