Cuando acabé de leer, le dije:

—¿Y qué dice ahora?

—Que ese hombre es un desagradecido. (Textual).

—¿Por qué, hermano?

—Porque habla mal de los cristianos que le han dado de comer. (Textual).

Hice una composición de lugar con la rapidez del relámpago, y dije:

—Tiene usted razón, hermano; que se quede entonces.

—Sí—me contestó,—dos años más.

—El tiempo que usted quiera.