Contestó que podíamos dar comienzo cuando gustáramos y que no le era posible acompañarnos, porque en ese momento acababan de entrarle visitas.

El rancho que hacía de capilla, era estrecho para contener la concurrencia. Con cada criatura venían los padres, sus parientes, sus amigos, los padrinos y madrinas.

Los chiquillos estaban azorados. Todos ellos, lo mismo los grandes que los chicos, lloraban. El altar, los sacerdotes revestidos, las caras extrañas, el aire de solemnidad de los circunstantes, el empeño inusitado en que estuvieran con juicio ó callados, todo, todo les impresionaba. Las madres se volvían puros aspavientos. Ésta decía: ¡Jesús, qué criatura! Aquélla: ¡Ay! ¡qué chiquilla! La una: ¡Qué vergüenza! La otra: ¡Cállate, por Dios! Acariciaban, reprendían, amonestaban, amenazaban, recurrían, en fin, á todos los ardides maternales para imponer silencio.

¡Imposible! El destemplado coro seguía.

Yo observaba aquella escena sui géneris, y al través de la parodia veía la tendencia humana hacia las cosas graves y solemnes.

Esas pobres mujeres, andrajosas las unas, bastante bien vestidas las otras, cristianas unas, chinas otras, hacían allí, al pie del improvisado altar lo mismo que habrían hecho bajo las naves monumentales de una catedral.

¿Qué sentimiento las dominaba? cuando llorosas ó radiantes de júbilo exclamaban, como varias veces lo escuché, viéndolas abrazar con efusión el fruto de sus entrañas: ¡al fin vas á ser cristiana, hija mía, hijo mío!

Sí, ¿qué sentimiento las dominaba?

¡Ah! un sentimiento innato al corazón humano.

Un sentimiento que Voltaire mismo ha explicado en una frase célebre: