«Si Dieu n'existait pas, il faudrait l'inventer».
Si Dios no existiese sería menester inventarlo.
Aquellas gentes, alejadas de la civilización quién sabe desde cuándo, desgraciadas ó pervertidas, resignadas á su suerte ó desesperadas, ignorantes, vulgares; aquellas mujeres cristianas en el nombre, aquellas chinas, aquellos indios sosteniendo en sus brazos sus hijos con recogimiento y devoción, comprendían por un instinto especialmente humano, que entre este mundo y el otro, entre esta vida y la otra, necesitamos un vínculo, y que ese vínculo es Dios, cualquiera que sea la forma en que le adoremos.
El mal de este mundo no consiste en profesar una mala religión, sino en no profesar ninguna.
¡Ah! y si la religión que se profesa es consoladora por su moral, si como una fuente inagotable de poesía, ella nos ofrece un refugio en las tribulaciones y una tabla de salvación en las últimas congojas de la vida, ¡qué bien inmenso no es creer, adorar y confiar en Dios!
Con razón aquellas gentes estaban de fiesta y consideraban dichosos á sus hijos de que recibieran el bautismo.
Cualquiera ceremonia que hubiese sido como la consagración de un culto, habría sido lo mismo.
Bautizar treinta ó más criaturas una después de otra, era obra de todo el día. El ritual permitía, lo que yo ignoraba, administrar el sacramento en masa.
Respiré.
Mi ahijada no comparecía.