Mandé decir á mi compadre que la esperábamos, y un instante después la pusieron en mis brazos.

Era una chiquilla como de ocho años, hija de cristiana, trigueñita, ñatita, de grandes y negros ojos, simpática, aunque un tanto huraña. Lloró como una Magdalena un largo rato, haciendo llorar á otras criaturas cuyas lágrimas se habían aplacado y obligándonos á diferir el momento de empezar.

Calmóse por fin y la sagrada ceremonia empezó. Resonaban los latines y los Padre Nuestros; mi ahijada permanecía en mis brazos, ora inquieta, ora tranquila. Me miraba, huía de mis ojos, se sonreía, hacía fuerzas, cedía; á mí me dominaba sólo una idea.

La chiquilla había sido vestida con su mejor ropa, con la más lujosa; era un vestido de brocado encarnado bien cortado, con adornos de oro y encajes, que parecían bastante finos. Á falta de zapatos, le habían puesto unas botitas de potro, de cuero de gato. La civilización y la barbarie se estaban dando la mano.

¿Qué vestido es ese? ¿de dónde venía? ¿quién lo había hecho? era todo mi pensamiento.

Quería atender á lo que el sacerdote hacía y decía. ¡En vano!

El vestido y las botas me absorbían. Examinaba el primero con minucioso cuidado. Estaba perfectamente bien hecho y cortado.

Las mangas eran á lo María Estuardo. Aquello no era obra de modista de Tierra Adentro. Tampoco podía ser regalo de cristianos, ni tomado en el saqueo de una tropa de carretas, estancia, diligencia ó villa fronteriza. Entre nosotros ninguna niña se viste así.

Mi curiosidad era sólo comparable á la incongruencia del traje y de las botas de potro.

Era una curiosidad rara.