El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y vagos.
Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.
Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.
Grupos de indios curiosos nos acechaban.
Reinaba un profundo silencio.
La metálica campanilla vibró, invitando á hacer acto de contricción por la sangre del Redentor.
Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos bárbaros, resonaban los ecos del humilde Confiteor Deo Omnipotenti.
Los cristianos oraban con intensa devoción.
Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al altar.