Entre ellos había varios indios.
En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento ó de dolor; en otras vagaba por su fisonomía algo parecido á un destello de esperanza.
Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado con Dios, elevando su espíritu á él en presencia de la cruz y del altar.
Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi madre.
Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar, llevándome todos los domingos á la iglesia de San Juan, para que ayudara á misa bajo su vigilante mirada:
—¡Pobre mi madre!—me decía,—¡qué lejos estás!
Rogaba á Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por esos martirios, porque debido á ellos me era permitido experimentar el placer de prestigiar á la religión entre los infieles, tomando parte en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.
Después que se acabó todo, que los padres repartieron sus bendiciones, se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla volvió á quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.
Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida nos fuimos con los franciscanos á darle las gracias á Mariano Rosas.
Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenía delante de sí un plato de abundante puchero con choclos y zapallo.